miércoles 2 de diciembre de 2009

Pedro de Silva y el Terremoto de Lisboa de 1755



Las vicisitudes históricas de determinados momentos han motivado que sus arquitectos sean, a veces, más reconstructores que constructores. Dicho de otro modo: La destrucción a la que había sido sometido el patrimonio de una zona, por causas naturales o provocadas, hacía que los arquitectos del momentos tuvieran que dedicarse en gran medida a la tarea de reconstruir aquello que estaba en un estado ruinoso y valía la pena recuperar.

Hoy vamos a centrarnos en el caso del arquitecto sevillano Pedro de Silva (1715-1781), nombrado Maestro Mayor del Arzobispado de Sevilla en 1756, tan sólo un año después desde que se produjera el famoso terremoto de Lisboa, que no sólo se contó con numerosas víctimas en la parte suroccidental de la Península, sino que también se llevó por delante numerosos edificios. El caso de Lisboa y la reconstrucción que se hizo de la ciudad tras la catástrofe es muy conocido. Sin embargo, hoy vamos a acercarnos a la labor constructiva que hubo de llevarse a cabo durante la segunda mitad del siglo XVIII en Andalucía Occidental, en donde la labor del arquitecto que hemos citado fue crucial en la reconstrucción de templos y, especialmente, torres, que habían quedado maltrechas debido a su mayor altura.

En este sentido, si la labor de un arquitecto diocesano puede generar una serie de iglesias con un estilo propio, este hecho se ve acentuado en este caso debido a la incesante tarea que Pedro de Silva tuvo que llevar a cabo para reconstruir la gran cantidad de edificios onubenses, sevillanos y gaditanos que necesitaban una intervención más o menos urgente. Así, su labor es más visible en los exteriores de los templos, en los que plantea interesantes portadas tardobarrocas, pero sobre todo en las torres,de planta cuadrada y con esbeltos campanarios coronados, generalmente, por un chapitel piramidal revestido de azulejos.

Contamos con ejemplos notables en Sevilla, como la Iglesia de San Roque, Iglesia de Santiago de Écija o Iglesia de San Juan Bautista en Las Cabezas de San Juan. También en Cádiz, donde podríamos destacar su labor en la reconstrucción de edificios como la Iglesia de San Pedro de Arcos de la Frontera.

Pero es en la actual provincia de Huelva donde mayor número de obras encontramos de su autoría, y donde es más fácil reconocer sus constantes estilísticas, antes comentadas. Casi en todos estos casos se trata, como decimos, de obras de reconstrucción. Tales son los casos, en la capital, de la Iglesia de San Pedro y de la Iglesia de la Purísima Concepción. En la provincia, son muchos los ejemplares donde intervino. A modo panorámico, destacaremos las siguientes: Iglesia de la Granada de Moguer, Iglesia de San Miguel de Jabugo, Iglesia de la Concepción de Zufre, Iglesia de San Juan Bautista de La Palma del Condado, Iglesia de San Vicente de Lucena del Puerto, entre otras. A todas ellas habría que sumar, además, otras construcciones levantadas o modificadas tras 1755, y en las que trabajaron otros arquitectos como Ambrosio de Figueroa o Fernando Rosales, que siguieron, en mayor o menor medida, los mismos esquemas, muchas veces bajo la supervisión de Pedro de Silva.

En la imagen, una de las obras más conocidas en las que intervino nuestro arquitecto: La Iglesia de San Pedro de Huelva, uno de los edificios que más influyó en el modelo parroquial de la zona durante la segunda mitad del siglo XVIII.


lunes 30 de noviembre de 2009

Las mujeres de Rossetti



Es de sobra conocido que muchos artistas plásticos se sirvieron, a lo largo de los siglos, de distintos modelos para dar vida a sus creaciones. Muy conocido es el caso de Sandro Boticelli, que encontró en Simoneta Vespucci la inspiración para crear un modelo de Belleza que llega incluso hasta nuestros días.

Hoy vamos a detenernos en el apasionante siglo XIX, y más concretamente en la figura de Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), fundador de la Hermandad Prerrafaelita junto a otros pintores como John Everett Millais o William Holman Hunt. La labor de estos artistas se sitúa a mediados del siglo en la Inglaterra victoriana. Era una época en la que el Romanticismo se iba agotando, y comenzaban a surgir nuevas tendencias artísticas que configurarían el nacimiento de las llamadas vanguardias. En este sentido, se abría un camino con dos direcciones: Por un lado, el Realismo. Por otro, el Simbolismo. Los prerrafaelitas optarían por la segunda opción, y darían origen a un estilo que influiría en los grandes simbolistas de finales de la centuria. Su nombre deriva de la intención de crear un arte que, en la medida de lo posible, reviviera la técnica pictórica de los pintores del Renacimiento, y más concretamente del Quattrocento italiano. Esto es, los anteriores a Rafael. Es por ello que en todas sus obras predominará un dibujo minucioso y detallado, así como un regusto por el detalle y los motivos decorativos. La temática de sus obras será variada, puesto que mientras unos opten por representaciones bíblicas y religiosas más cercanas al espíritu del Renacimiento, otros se inclinarán hacia otro tipo de historias más cercanas al Misticismo y en la que los símbolos juegan un papel más importante.

Este último es el caso de Rossetti, que aunque en sus inicios pintara obras como La Anunciación o La adolescencia de María, irá poco a poco inclinándose por obras como Venus Verticordia, La amada, Sibila Palmífera, Pía de Tolomei, Monna Vanna, Astarte Syriaca o El sueño con los ojos abiertos, así como el Concierto en el Prado que encabeza esta entrada. En todas ellas nos muestra una clara predilección por alegorías representadas en su mayor parte por mujeres de turbadora y melancólica belleza. Mujeres nada frágiles, sino contundentes, sensuales y fatales. Y si para Botticelli fue Simoneta Vespucci el símbolo de la Belleza femenina, para Rossetti lo fue Elizabeth Siddal, con quien estuvo casado, y a quien podemos adivinar en la mayoría de sus pinturas.

Una conjunción perfecta entre modelo y artista y una singular página de la Historia del Arte

domingo 22 de noviembre de 2009

La Iglesia de Santa Catalina de Sevilla. Comienzo de una restauración


Hace poco más de una semana se iniciaban por fin las obras de restauración de la Parroquia de Santa Catalina de Sevilla, tras haber sido cerrada al culto hace ya casi cinco años, sin que se realizara desde entonces ninguna intervención, salvo la de colocar una techumbre metálica para preservar el templo de las inclemencias metereológicas, como podéis ver en la fotografía. Cinco años en los que el edificio ha vivido una decadencia y un estado total de abandono, a lo que se ha unido el efecto de la contaminación atmosférica derivada del hecho de encontrarse en una de las principales vías de acceso al casco antiguo de la ciudad para el tráfico rodado. Cinco años de desidia, de manifestaciones populares por parte de la ciudadanía que reclamaba para este edificio la misma atención que para otros grandes templos mostraron las autoridades políticas y eclesiásticas. Parece que, de una vez, las obras dan comienzo, y ello nos alegra, puesto que la Iglesia de Santa Catalina, más allá de ser un símbolo arquitectónico de la Sevilla más ancestral, supone un elemento que goza, a nivel patrimonial, de la máxima protección. Recordemos que tras salvarse de varios intentos de destrucción durante el siglo XIX, fue decarada Monumento de Nacional en 1912. También pudo librarse de las obras acometidas a principios del siglo XX en el entorno, para abrir unos ensanches que mejoraran las comunicaciones en el centro de Sevilla, cuyo caserío era mucho más abigarrado y laberíntico de lo que es en la actualidad. Esta iglesia pudo salvarse, como vemos, de las modas arquitectónicas y urbanísticas a través de los siglos. E incluso fue protegida y restaurada en el siglo XX, como dijimos antes. A este respecto, cabe decir que su actual portada proviene de la Iglesia de Santa Lucía, templo mudéjar de la zona norte de la ciudad que se encontraba sin culto. Dicha portada fue colocada en 1930 en la fachada de la Iglesia de Santa Catalina en unas obras de restauración en las que intervino Juan Talavera Heredia, uno de los arquitectos más relevantes de la época.

Sede de la Hermandad de la Exaltación, este edificio es uno de los ejemplos más sobresalientes de la arquitectura mudéjar sevillana. Así nos lo dice la propia concepción espacial, la torre, algunas capillas interiores decoradas con motivos de lacería y, especialmente, los pequeños absidiolos con arcos polilobulados que pueden verse desde el exterior. Sus primeras fases constructivas suelen situarse a mediados del siglo XIV, precisamente la misma fecha que suele asignarse a las innumerables parroquias mudéjares que salpican el centro de la ciudad, y que fueron levantadas por expreso deseo de la monarquía castellana, que quería eliminar a toda costa cualquier vestigio de la religión musulmana a través de estas fundaciones religiosas. No obstante, todas ellas beben, como sabemos, de la estética islámica, dando como resultado un arte de síntesis de incalculable valor antropológico y que es seña de identidad del arte español medieval. Nos referimos al Mudéjar.

Sin embargo, seríamos tremendamente injustos si al hablar de esta obra nos circunscribiéramos únicamente al Mudéjar, ya que las obras acometidas a finales del siglo XVII en el edificio son las que lo configuraron definitivamente y las que le dieron el aspecto que hoy presenta. En este sentido, es especialmente destacable la Capilla Sacramental, una de las obras cumbres del Barroco sevillano, y en donde estuvo trabajando el más conocido de los arquitectos del momento, Leonardo de Figueroa, también presente en la gran trilogía del Barroco hispalense (Salvador, Magdalena y San Luis).

En definitiva, nos encontramos ante un edificio de incalculable valor artístico e histórico, y es por ello que nos alegramos de que por fin haya llegado su hora. Esperemos que no tardemos demasiado tiempo en recuperar esta joya arquitectónica, y que la intervención sea respetuosa y de calidad.

lunes 9 de noviembre de 2009

Keith Haring en el Muro



Hoy, precisamente hoy, hace ya nada más y nada menos que 20 años desde que cayó el Muro de Berlín. Aquel que separó a la ciudad en dos mundos diametralmente opuestos durante más de 28 años. El símbolo de la Guerra Fría. Podríamos hablar horas y más horas sobre él, pues a ambos lados del mismo debieron surgir interminables historias que no aparecen en los libros, pero que seguramente fueron fiel reflejo de una sociedad dividida por expreso deseo de sus dirigentes.

Hoy podríamos hablar de otros muros, pero vamos a evitarlo, para centrarnos en la celebración del aniversario de uno de los acontecimientos más hermosos de la Historia del Siglo XX. Y lo vamos a hacer, como no podía ser de otra forma en este blog, desde una perspectiva artística. No es que el muro en sí constituyera una notable construcción arquitectónica. Se limitaba a ser una dobe pared de hormigón que rodeaba a Berlín Occidental, convirténdola en una isla capitalista dentro del comunismo representado por la República Democrática Alemana (RDA). Entre ambos muros se disponían una serie de alambradas y torres de control que vigilaban que ningún álemán del este pasara a la parte occidental. Levantado en 1961, el objetivo era evitar el goteo continuo de alemanes orientales hacia la República Federal Alemana (RFA) a través del aeropuerto de Berlín Occidental.

A veces, como ya hemos dicho aquí varias veces, ante la adversidad, surge el genio creador del hombre. Y es por eso que, algo tan gris como este muro sirvió de soporte para que los artistas de la parte occidental dejaran muestra de sus creaciones y de sus inquietudes, a través de lo que denominamos graffitis, que vivieron su mayor desarrollo desde finales de la década de los 70. La caída del Muro en 1989 se llevó por delante la mayoría de estos testimonios, -unos coloristas y llenos de optimismo, otros críticos con el sistema-, pero se conservan documentos gráficos que hoy nos resultan de gran interés, pues gracias a ellos hoy podemos conocer que en él estuvieron trabajando artistas de renombre, como es el caso de Keith Haring (1958-1990).

Este artista estadounidense, que parte de algunos de los planteamientos del Pop Art y específicamente de Andy Warhol por su concepto democratizador del Arte, encontró un estilo propio y personal, influenciado por el cómic, en el que el colorido y las figuras sintéticas eran los protagonistas. Composiciones sencillas, directas, accesibles al gran público, que hacían válida la premisa de "menos es más". Este hecho le hizo conectar con el público, y hoy día su obra es reproducida de forma seriada en lo que es una absoluta popularización de su arte. En 1986, coincidiendo con el 25º aniversario del Muro de Berlín, estuvo realizando un gran panel en el que, sobre fondo amarillo, distintas figuras antropomórficas de perfiles rojos y negros parecen unirse en una sucesión infinita. Con unas pocas líneas logró una gran expresividad, llenando de optimismo una construcción a la que sólo quedaba poco más de tres años de vida.

Aunque la propia concepción del graffiti parte de una idea efímera, no parecía que el muro fuera así. Pero la historia habló por boca de sus ciudadanos, que salieron en masa a derribarlo aprovechando un descuido en la rueda de prensa de uno de los dirigentes de la RDA. Aquel 9 de Noviembre Berlín hizo historia. A veces uno quisiera haber estado en ese lugar, ese mismo día.

Hoy, 20 años después, sólo quedan en pie dos fragmentos. Por un lado, el Memorial del Muro de Berlín, que reproduce la estructura y posee un centro de interpretación dotado de documentación gráfica y audiovisual, . Por otro, East Side Gallery, donde diversos artistas dejaron algunas de sus obras en la parte oriental, con posterioridad a 1989. Pueden ver al autor de este blog ante uno de los graffitis más conocidos, Test the best, de Birgit Kinder.



domingo 8 de noviembre de 2009

Elogio de la Naturaleza


El escultor donostiarra Eduardo Chillida (1924-2002) es uno de los referentes en la historia de arte de la segunda mitad del siglo XX, y supone sin duda una de las cumbres escultóricas del arte español contemporáneo. Su obra es conocida a nivel internacional, tanto por parte de los especialistas como por gran parte del público, que reconoce fácilmente sus creaciones. Y ello es así porque la mayoría de sus obras pueden disfrutarse al aire libre, y ser tocadas, por expreso deseo del artista.

Uno de los mayores logros de la escultura del siglo XX fue el descubrimiento del vacío, como medio expresivo para construir composiciones, más allá de la reproducción mimética de la realidad. En este sentido, Chillida se inscribe dentro de la órbita de la escultura abstracta, influenciada por el constructivismo y, en su caso, con referencias a la poética del escultor rumano Constantin Brancusi .

Así, sus esculturas son estructuras casi arquitectónicas en las que las líneas curvas y las rectas establecen un diálogo constante en el que siempre triunfa el equilibrio, la quietud, el silencio. Diríase que se trata de un diálogo mudo, en el que se invita al espectador a reflexionar. Y esa reflexión casi siempre se establece en espacios abiertos cuidadosamente escogidos por el autor con objeto de que sus esculturas establezcan una relación con el paisaje, generalmente rural. Aunque observemos obras de carácter más urbano, como el Monumento a la Tolerancia de Sevilla, lo verdaderamente importante es la fusión con la naturaleza, algo que se ejemplifica, y de qué manera, en el Peine del Viento de San Sebastián, y, cómo no, en la hermosa obra que encabeza esta entrada, el Elogio del Horizonte, en Gijón. Compositivamente hablando, encontramos grandes paralelismos entre estas tres obras maestras. Pero otro punto que las conecta es, como decimos, ese homenaje continuo a la naturaleza, a la que enmarca dentro de unas obras en las que no sólo juega con los volúmenes, los vacíos y la incidencia de los fenómenos atmosféricos, sino también con la materia en sí, destacando el hierro y el hormigón, especialmente.

Poesía en la concepción de sus obras, poesía también en los títulos de las mismas, estamos sin duda ante uno de los creadores más personales de la escultura internacional del siglo XX. Un artista lleno de sensibilidad, que demuestra, en cada obra, un amor infinito por la naturaleza circundante.

"Yo soy de los que piensan, y para mí es muy importante, que los hombres somos de algún sitio. Lo ideal es que seamos de un lugar, que tengamos las raíces en un lugar, pero que nuestros brazos lleguen a todo el mundo, que nos valgan las ideas de cualquier cultura. Todos los lugares son perfectos para el que está adecuado a ellos y yo aquí en mi País Vasco me siento en mi sitio, como un árbol que está adecuado a su territorio, en su terreno pero con los brazos abiertos a todo el mundo. Yo estoy tratando de hacer la obra de un hombre, la mía porque yo soy yo, y como soy de aquí, esa obra tendrá unos tintes particulares, una luz negra, que es la nuestra."

Web del Museo Chillida Leku (Hernani, Guipúzcoa)


viernes 6 de noviembre de 2009

Caillebotte. Retratos de París



Aunque a la cabeza del grupo de los Impresionistas siempre situamos a Claude Monet, Auguste Renoir, Edgar Degas, Alfred Sisley o Edouard Manet, no debemos olvidar nunca que hubo muchos más pintores y pintoras en torno a ellos que, si bien no han gozado de la misma popularidad, sí realizaron grandes logros en el campo de la pintura impresionista y esa difícil y hasta entonces insólita tarea de captar las sensaciones en el momento adecuado. Artífices de la luz, tales como Armand Guillaumin, Frèderic Bazille, Camille Pisarro, Berthe Morisot o Mary Cassat, entre otros muchos, que abrieron la puerta de la vanguardia artística y superaron en muy pocos años varios siglos de convencionalismos pictóricos.

Hoy vamos a centrarnos en la figura de Gustave Caillebotte (1848-1894), y especialmente en su obra más conocida, Los acuchilladores de parqué. Al observar esta obra, bien podríamos pensar que es realista más que impresionista. Y en el fondo no nos faltaría razón. Evidentemente, las fronteras entre un estilo artístico y otro son mucho más permeables de lo que mucha gente piensa. Y en este caso concreto, hay que tener en cuenta que muy poco antes de que Claude Monet pintara su fabulosa Impresión, sol naciente, artistas como Jean François Millet u Honoré Daumier estaban dedicando sus obras a los obreros y campesinos. Incluso podríamos considerar a Edouard Manet como un pintor a medio camino entre Realismo e Impresionismo.

En el caso de Caillebotte, sucede algo parecido. Pertenecía a la clase burguesa y no sólo se dedicó a integrar el grupo de los Impresionistas desde un punto de vista estrictamente artístico, sino que también lo apoyó económicamente, sirviéndole de mecenas. Buena parte de su producción ahonda en los paisjes parisinos en los que lo que interesa es, más que el propio paisaje en sí, los habitantes que en él se desenvuelven. Son ciudadanos burgueses en su mayor parte, que recorren una ciudad melancólica en la que abundan las tonalidades ocres y las perspectivas novedosas, fotográficas, que son toda una seña de identidad de su autor.

En esta famoso lienzo que os mostramos, nos plantea una perspectiva bastante inusual en la pintura, y en donde se observa la influencia de la fotografía, que por aquel entonces comenzaba su exitosa andadura. De formato rectangular, casi la totalidad del cuadro aparece ocupada por el suelo de parqué sobre el que los acuchilladores trabajan. La gama cromática es escueta y se reduce a marrones y ocres. Sólo la luz que entra a través del balcón, y que actúa como punto de fuga, supone una salida a la situación un tanto desvalida de los protagonistas. Y a pesar de todo, hay poesía. He aquí la grandeza de una obra de arte. La capacidad de formular preguntas al espectador.

La obra de Gustave Caillebotte, a pesar de no ser demasiado extensa, resulta muy interesante cuando se acerca a la sociedad parisina de la época, y se diluye y pierde originalidad, sin embargo, cuando pone en marcha los mecanismos técnicos y los temas propios de los impresionistas. Por eso, preferimos quedarnos con su faceta de retratista de la ciudad. Porque en ellos es capaz de acaelerar la imaginación de quien los observa. Por su valor histórico y narrativo.

Veamos su obra de la mano del siempre emocionante Erik Satie:



lunes 2 de noviembre de 2009

Arte en el Cementerio


Tradicionalmente, hoy se celebra el día de los difuntos. Y son muchas las personas las que van al cementerio para visitar la tumba de sus familiares fallecidos. Esta costumbre, especialmente conservada en los pueblos de España, se acompaña por el cuidado y engalanamiento de las lápidas, nichos y tumbas con flores diversas. Una visita al cementerio puede sin embargo admitir otra lectura menos religiosa, y adoptar un sentido artístico, histórico y cultural. De hecho, hay algunos cementerios que podríamos denominar turísticos, como es el Cementerio Judío de Praga.

Sin embargo, no es necesario que tengamos que viajar para descubrir secretos dentro de un cementerio, pues una visita atenta y curiosa puede depararnos una radiografía social del pasado de nuestro pueblo, villa o ciudad. Si además se trata de un lugar importante, o que pudo tener gran importancia hace unos siglos, el interés es mayor, pues al hecho de que podamos encontrarnos personalidades célebres, se une la circunstancia de que, en ciertos casos, nos sorprendan tumbas y monumentos funerarios de notable calidad artística, muchas veces dedicados a personajes famosos. A este respecto, también puede darse el caso contrario, esto es, esculturas funerarias de escasa calidad artística dentro de la más pura tradición kitsch. Hay casos bien conocidos de estos últimos, que evitaremos citar para no herir sensibilidades.

Pero centrándonos en las obras de más prestigio dentro de la escultura funeraria contemporánea, vamos a detenernos en el Cementerio de Sevilla, presidido por la imponente figura del Cristo de las Mieles, obra en bronce realizada por el escultor Antonio Susillo a finales del siglo XIX. Muy probablemente, la obra más emblemática del camposanto sevillano sea la del Mausoleo de Joselito el Gallo, que el espectador podrá encontrar a pocos metros de la puerta de entrada. La muerte de este torero en 1920 en plena corrida causó una gran conmoción en Sevilla. La familia era consciente de esto, y por ello encargó un monumento funerario dedicado a su memoria, contando para ello con uno de los escultores españoles más prestigiosos del momento, como era Mariano Benlliure. Influenciado por la tradición clásica de Miguel Ángel, este artista valenciano no se caracterizó por romper las normas de la tradición escultórica como sí lo hicieron otros como Pablo Gargallo o Julio González , también españoles, en fechas similares. Al contrario, Benlliure apostó por un realismo que, en este caso que nos ocupa, parece beber de Auguste Rodin, y más concretamente de Los Burgueses de Calais, fechada hacia 1888. La obra que Benlliure realizó para Sevilla quedó concluida en 1922, y posteriormente fue instalada en el Cementerio, donde actualmente continúa. Realizado en bronce, se trata de un grupo abigarrado que conforma una composición centrípeta en la que todo gira hacia la figura del torero, que es transportado en su féretro por un conjunto de ciudadanos en el que se advierten algunos de los tipos costumbristas de la Sevilla de principios de siglo. Todos ellos muestran actitudes de dolor y de respeto y parecen avanzar hacia el cementerio en una estampa escalofriante por su realismo y por su concepción escenográfica y absolutamente teatral. Una de las notas más destacables es el hecho de que es precisamente la figura de Joselito la única que no está realizada en bronce, sino en mármol blanco, un material que, paradójicamente, da un carácter más vitalista que el bronce, que aquí se aplica a los vivos, invrtiendo los términos de manera magistral, y subrayando, de paso, la imagen del personaje principal de la escena.

Bien vale una visita al cementerio para admirar obras como la de hoy...


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